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Aprovechando la reciente capitalidad cultural de europea de Donostia-San Sebastían vamos a hacer historia y comprobamos la experiencia de Donostia para la creación de eventos y así recordar un espectáculo único que aconteció en la ciudad el 24 de julio de 1904.  Se trata de una corrida de toros que se celebró en la antigua plaza de toros del Chofre en San Sebastián. La corrida se dividía en dos partes. En la primera se lidiaron dos novillos de la ganadería de Antonio López Plata, de Sevilla, para Tomás Alarcón, Mazzantinito, de Madrid, y un novillo que se lidió en cuarto lugar, de Juan Sánchez, de Carreros, (Salamanca) para José Muñagorri, de Bilbao.

La segunda parte de la corrida consistía en la lucha entre el tigre de Bengala de nombre César y el toro Hurón de cinco años de las marismas del Guadalquivir, propiedad de Antonio López Plata. “Mañana tendrá lugar en la plaza de toros el sugestionador, atrayente y esperado espectáculo de la lucha del tigre y el toro” -leemos la víspera en El Correo de Guipúzcoa. Días antes del acontecimiento, se expuso en una jaula al tigre “César”, para la curiosidad de todos los donostiarras un hermoso ejemplar que rondaría las veinte arrobas de poderoso músculo y fiera estampa. También, en los corrales de la misma plaza, se podía contemplar a su oponente: “Hurón“, cárdeno oscuro, con trapío y bien armado, que no le iba a la zaga en cuanto a seriedad y buena lámina. En el centro del ruedo se montó una robusta jaula de barrotes con sus buenos veinte metros de diámetro, que construyeron los afamados ingenieros –eso comentaban los periódicos– señores Sarasola y Carrasco. Efectivamente se celebró la primera parte del espectáculo, pero la gente lo que estaba ansiosa era por ver como se desarrollaba la pelea entre los dos animales.

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“Eran cerca de las  siete cuando comenzó la pelea. Las dos bestias fueron sacadas en jaulones. El tigre venía condudido po Mr. Ramband, comerciante de fieras marsellés, que lo vendió por 7.000 francos, garantizando su poder y ferocidad. Ambos animales fueron excitados con disparos y coletazos antes de abrir las compuertas para que sus cajones pasaran al jaulón. La pelea, desde el primer momento tuvo poco interés, con gran dolor de los franceses, que habían apostado por César, porque éste, a pesar de su ferocidad garantizada, comenzó a correr ante los cuernos de Hurón, que, en cuanto le echó la vista encima, le acometió, resuelto a destriparle. Logró alcanzarle, y empuntándole, lo zarandeó terriblemente, arrojándolo luego a la arena y pateándolo a su placer. El pobre César, quejándose, procuraba defenderse a zarpadas y mordiscos, y Hurón fue herido en el hocico y en las patas. Luego el tigre acobardado, se pegó a los barrotes de la jaula y comenzó a dar vueltas, buscando ansioso la salida, mientras el bravo Hurón, en el centro del campo de batalla, mugía escarbando la arena y sin ganas de rematar a su adversario. Pero como el público había ido a ver la muerte de uno de los dos animales, exigió que nuevamente se les excitara para obligarles a combatir. Lo exigieron lo mismo los franceses que los españoles, y obedientes, los empleados de la plaza, consiguieron que César, chamuscado por los cohetes y herido a pinchazos, se levantase, y que Hurón, furioso le pateara y corneara de nuevo, destrozándole un brazuelo. De pronto, el tigre, en un arranque supremo de ferocidad, saltó al cuello del toro, marcando todo a dentellas y zarpazos, y el cornudo, dando una sacudida tremenda, arrojó al felino contra una de las puertas de la jaula, y acometíendole allí con ímpetu terrible, destrozó la puerta, saliendo ambas fieras a la plaza

El pánico se extendió rápidamente ya que la gente se percató de que el tigre podía saltar a los tendidos En esos momentos a los migueletes, cuerpo de milicia compuesto por voluntarios y mercenarios al servicio del estado no se les ocurre otra cosa que desenfundar las pistolas y los fusiles Maüsser y liarse a tiros con el tigre mal herido y el toro, un tiroteo que duró varios minutos, ya que a estos se les unieron los paisanos que portaban pistola algo habitual en aquellos tiempos. El resultado de aquel esperpento espectáculo fue de un muerto (Juan Pedro Lizarriturry) y dieciocho heridos. César, el tigre, murió a tiros en la plaza, rematado de un certero disparo de revólver por un señor que saltó a la plaza; el toro, Hurón, corrió la misma suerte en el corral.

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Parte de heridos según los periódicos de la época: “D. Julio Urquijo, diputado por Tolosa, fue herido en una muñeca; D.Carlos Larranda, en la rodilla; Mr. Jean Pierre, encargado de la fábrica de bujías del Sr. Liratiturri, recibió un balazo en el costado y se desplomó, arrojando mucha sangre. El marqués de Pidal fue herido en el rostro, retirándose inmediatamente de la delantera de grada que ocupaba; D. Felix Casi también recibió un balazo.”

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He aquí diversos fragmentos publicados al respecto por El Correo de Guipúzcoa el 26 de julio de 1904, aún en caliente, con más sentimiento que datos.

Dolor. «El triste suceso acaecido anteayer por la tarde en la nueva plaza de toros ha dejado en muchas familias amargos recuerdos, en algunos hogares dolores inextinguibles. Alegres, satisfechos, sonrientes marchaban todos a la plaza, deseosos de gozar con el espectáculo tanto tiempo atrás anunciado con la salvaje lucha del tigre César con el toro Hurón, de la ganadería de Carreros».

Fiesta. «¡Pobres hermanos nuestros, que fueron a solazarse un rato y se encontraron con un balazo!». «Fuimos de fiesta y volvimos de entierro».

Imprudencia. «La sangre ha corrido en la plaza de toros, vertida por las balas Maüsser de la fuerza pública, que con gravísima e injustificada imprudencia rompió, no sabemos por orden de quién, un fuego graneado contra el tigre que yacía agonizante en el ruedo a la puerta misma de la jaula».

La jaula. «Hemos visto el informe facultativo dado por los ingenieros Carrasco y Sartasola cuando fueron previamente llamados a reconocer las condiciones de resistencia de la jaula en que debían luchar el toro y el tigre. En dicho informe, se señalaba como punto débil y sin condiciones de seguridad la puerta que, cediendo el domingo al empuje del toro, permitió que las fieras pudieran salir de la jaula». «En primer término es culpable la autoridad, que después del precitado informe (…) no ordenó a los mismos ingenieros o a otras personas peritas que volvieran a reconocer la jaula y vieran si se había, o no, cumplido la reforma señalada como necesaria».

Miqueletes. «El gobernador celebró una conferencia con el jefe de miqueletes y probablemente se ocuparían de averiguar las causas que obligaron a la fuerza de aquel cuerpo a hacer fuego sobre la fiera».

Rebote. «Nadie ignora la extraordinaria velocidad y el terrible alcance de los fusiles Maüsser. Es difícil, dificilísimo, casi imposible, que pueda anularse el movimiento de sus proyectiles en una distancia tan exigua como el ruedo de una plaza de toros, sobre todo si el tiro no se dirige normalmente, sino en ángulo agudo (…). Hallándose atestados de gente los tendidos y gradas de frente a los tiradores, por fuerza habían de ocurrir desgracias merced al efecto rebote de las balas, aún suponiendo exacta la puntería, que tampoco lo fue, tal vez por el aturdimiento y la precipitación con que se hicieron los disparos»

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Ernest Hemingway en su relato Muerte en la tarde, también hace referencia al enfrentamiento entre un toro llamado Hurón y un tigre de Bengala, celebrado el 24 de julio de 1904 en la Plaza de San Sebastian.

Hay que reconocer que el desastre fue mayúsculo, pero no cabe duda de que el evento resultó espectacular, como se quería, y de que tuvo mucha repercusión, aunque no la deseada.

Espero que ningún donostiarra se sienta molesto por el título del post pues tan sólo está escrito en tono jocoso y en clave de humor.

Fuentes: El Diario Vasco 12, ABC, Rafa Hernández, El Gráfico de Madrid

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