Apaches: Novela de Miguel Sáez Carral

Acabo de terminar de leer la novela “Apaches” del escritor madrileño Miguel Sáez Carral. La novela se lee de tirón, engancha desde el primer cápitulo al último sin pausa alguna. Aquí se nota el oficio del autor, guionista de televisión, a la hora de construir una historia cargada de acción, en la que no decae el ritmo narrativo durante las 637 páginas del libro.

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Sinopsis

“Apaches” es la historia de Miguel, un periodista de una agencia de noticias con una buena vida, una novia con la que es feliz y una familia que le quiere, hasta que lo pierde todo. Los socios de su padre le estafan, y en su intento por recuperarse arrastra a la ruina a sus hijos. Miguel pierde su trabajo, a su novia y su vida y tiene que volver al barrio de Tetuán a ayudar a su familia. Cuando no encuentra una salida legal de solucionar sus problemas, se lanza a delinquir y en los atracos encuentra también un modo de hacer justicia.

«Todos los hechos que se describen a continuación son reales. Se han cambiado algunos nombres y algunos datos para mantener el anonimato de personas a las que quizá no les guste reconocerse. Es una historia sobre mi familia, mis amigos y mi barrio. En definitiva sobre mi vida. Dicen que cuando puedes recordar lo que una persona significa para ti, puedes soportar momentos muy duros. No fueron buenos momentos. Eso puedo asegurarlo. He oído contar esta historia cientos de veces por gente que ni siquiera estuvo allí. Ahora es mi turno. Esta es la verdad sobre todo lo que ocurrió.» Miguel Sáez Carral.

“Apaches” es una novela autobiográfica repleta de adrenalina, acción y amor. El motor o principio rector de la novela es la angustia producida por la pérdida de la seguridad familiar generada con gran esfuerzo a lo largo de dos generaciones. Sin bien el relato está enmarcado en los años 1994-1995, el desempleo, la incertidumbre y la falta de recursos  son situaciones que afectan a la sociedad española de los últimos años. De ahí la actualidad de la novela de este autor. La novela de Miguel Sáez Carral es un relato de familia formado por parientes, amigos y enemigos, amores… y vecinos del barrio de Tetuán.

Personalmente no soy un gran aficionado a la novela contemporánea; normalmente prefiero un ensayo a una novela mediocre. ¿Me estaré haciendo mayor? Sin embargo, este libro me ha enganchado desde el principio y no he podido resistirme leerlo de tirón. Dos son las causas, creo yo, que han incidido en mi percepción sobre la novela. La primera es el estilo de la escritura del autor, muy visual, compuesto por frases cortas que generan diálogos ágiles, donde la narración se construye a partir de secuencias, es decir, el libro posee una estructura muy cinemátográfica. No olvidemos que el autor tiene una amplia experiencia como guionista de televisión.

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Chabolas y chozas en el límite de La Ventilla, años 70.

Y la segunda, es el entorno narrativo situado en el madrileño barrio de Tetúan. He de reconocer que aquí ha tocado el corazón. Conozco el barrio de Tetúan, lo conocí a mediados de los años 80, cuando llegué a Madrid; allí viví en un piso de la calle Berruguete en mi época de estudiante. En este barrio hice mis primeros amigos, gente que me recuerda a los personajes de la novela de Miguel Sáez, personas normales, vecinos con silla en la calle, gente lumpen con extraños tejemanejes de barrio y en la propia ciudad. Ellos me enseñaron Madrid, me llevaron a conocer garitos y bares del barrio donde se bebían los quintos y tercios de cerveza más fríos que he conocido (Un ejemplo es el Sidi, en la calle Colón, ideal para beberse un tercio helado en plena canícula, por cierto, descubierto gracias a otro nacido en Tetuán, Alvaro). Conocí el bar Rabal, situado en la calle Marqués de Viana 20, el centro de reunión favorito de la banda de Sastre y Miguel, los protagonistas de la novela, y que hace pocos años ha cerrado. Posteriormente me alejé del barrio y me mudé al centro. Pero mi última etapa como residente en Madrid, en 2006-2007 la pasé viviendo en la calle Margaritas. Todo había cambiado gracias al Plan General de Madrid de 1982 y las posteriores remodelaciones, planes de saneamiento y erradicación de infravivienda.  Evidentemente, era necesario intervenir urbanísticamente en el barrio para adecuarlo a los tiempos modernos. Sin embargo,  se alteró drásticamente la fisonomía de un barrio, borrando su impronta y eliminando su “sabor” popular original, que es lo que le infiere toda su personalidad, en lugar de intentar recuperar sus valores más “auténticos”. El resultado final que se consigue es uniformizar y eliminar los rasgos diferenciales del lugar para que acabe siendo igual a cualquier otro. “Tetuán ha cambiado mucho, la novela se desarrolla en dos tiempos, en su mayoría en el año 94 y en algún momento en un pasado anterior, en las décadas 70 y 80. Ya en esos diez años el barrio cambió mucho, pero a día de hoy no queda nada, la excavadoras han pasado por encima de casi todo“, señala el autor.

Tetuán no es sólo el escenario del relato, habla y actúa en la novela a través de sus habitantes. Según el autor el barrio en la novela es un personaje más, no funciona solo como escenario, es un elemento vivo y, como personaje que es, lo que hace influye en el argumento de la novela y en las decisiones que toman otros personajes”. Probablemente, este personaje coral formado por los diferentes pernonajes que tejen la novela, como Sastre y sus compinches, el Chatarrero y ese amor imposible que es Carol, es quien me habla intersubjetivamente, conecta con mi memoria, en la que emociones y recuerdos vuelven a aflorar gracias a una narrativa ágil y despierta.

No sé quién dijo que “sólo somos nuestros recuerdos“. Y yo me pregunto ¿acaso el novelista tiene más herramientas para entender el pasado? “Los novelistas no tienen por qué entender“, me rebate el otro, “los novelistas tienen que hacer sentir“. Reconozco como lector, que las emociones que traslada el autor a ese barrio, para mí pasado, inciden en mi memoria y despierta sentimintos contradictorios en los que se aposentan ciertas dosis de melancolía. Pero no tengo nostalgia al respecto, soy consciente de la cutrez urbanística en la que vivía junto a sus formas insalubres de vida. Pero, y a la vez, sí que soy consciente, que una manera de vivir, un tipo de gente, la biodiversidad, un ecosistema desapareció en pocos años. El alma tiene nostalgia de cuando participaba de ese mundo de las ideas de Platón. Por tanto, la herida epifánica de la pérdida, que es una caída, implica una nostalgia en todos los terrenos. Quizás deberíamos mirar hacia atrás con una especie de resignación exenta de melancolía o nostalgia y tomar de allí  la sabiduría acumulada, como la de los viejos de las casas blancas, y trasladarlo a ámbitos en los cuales puedan trasplantarse. Odres nuevos para viejos vinos.

“Apaches” cuenta la lucha de un joven por recuperar aquello que le ha sido arrebatado a su padre, a toda su familia, por un sistema que perdona todo a los ricos menos las deudas de los pobres. “Apaches” narra una historia en la que “los indios son los buenos” (pg. 36); eso enseña un padre a sus hijos cuando les lleva los fines de semana al bosque de pinos de El Goloso. Una moral paterna que enseña a cuidar y proteger al prójimo y eso es ley en el barrio. Sin embargo, con la ruina del padre todo cambiará en la vida de nuestro protagonista y narrador Miguel. Intentará recuperar el dinero robado a su padre, la casa de sus padres y salvar la familia. Si para ello tiene que delinquir, lo hará; abandonará su trabajo como periodista, su novia y ayudado por Sastre, un amigo de la infancia del barrio, trazará un plan para recuperar a su familia de la ruina y hacer justicia, la justicia de la calle. En fin, ¿un héroe de nuestro tiempo? ó ¿un hombre que hace lo que debe de hacer?

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Calle de la Hierbabuena ,Tetuan, 2007

Gran parte de lo que se cuenta en la novela le sucedió realmente a la familia y al propio autor a principios de los años 90. Partiendo de esos hechos Miguel Sáez crea una historia de ficción en la cual realidad y ficción se entrecruzan. “A Sastre no le he cambiado el nombre, existió y se llamaba así“, recuerda el autor, quien explica su novela como “una historia muy personal, cosas que he vivido y quería contar“. Su padre falleció hace pocos años y tan sólo después de su muerte ha podido escribir la novela, nunca hubiese podido escribirla en vida de su padre para no volver a revivir tan acerbos recuerdos.

Según nos cuenta el propio Miguel Sáez, la historia que le sucedió y que adaptó a la ficción tiene una antigüedad de veinte años, sin embargo, es una historia que está vigente en nuestros días por cuanto que existen muchas similitudes con la sociedad española actual: “La familia protagonista lo pierde todo, su casa y su vida, y todo eso acaba en manos de personajes oscuros, como sucede ahora“.

Para finalizar, en la novela, es inevitable empatizar con los delincuentes del barrio, pues junto al protagonista mantienen un tono de justicia social adaptada a  la ley del barrio. Miguel, nuestro narrador, no encuentra otra salida que la delincuencia para solventar los problemas de la familia. Muchos de nosotros ante esta tesitura ¿de qué lado nos decantaríamos? …  R. Girard, en su libro “La violencia y lo sagrado” nos ofrece un punto de vista antropológico al respecto. R. Girard nos dice que los delincuentes ocupan el lugar del chivo expiatorio. El procedimiento para crear un chivo expiatorio es el siguiente: dada la enorme dosis de agresividad que genera la gran ciudad sobre los individuos, éstos corren el peligro de dañar a personas próximas, en un momento de enajenación incontrolable: su mujer, sus hijos, los colegas del trabajo, el director de la fábrica, el jefe de personal, el policía del barrio… Se elige entonces una minoría débil, analfabeta y pobre. Se le aprietan las tuercas: no se le da trabajo, se le obliga a vivir en la basura, se le humilla, se le niegan sus derechos, se le aísla y se le califica, hasta que esa minoría estalla de ira y agrede, roba, viola o mata. Entonces se le encierra. Toda la agresividad invisible ha tomado forma en el chivo expiatorio y se ha hecho visible. Los medios de comunicación muestran la imagen visible de la violencia. La otra no tiene imagen.

Esperamos ver esta novela en breve en las pantallas de cine, pues tiene todos los ingredientes para realizar una película decente …

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Quisiera acompañar este post con una banda sonora de un cantante un poco olvidado hoy en día. Se trata de Mauricio «Moris» Birabent. Un cantante argentino que nos enseñó a valorar el rock en español. “De Cuatro Caminos a Plaza de Castilla” es una canción que nos lleva al barrio de Tetúan. Pertenece al álbun Moris y Amigos (1987). Un pequeño homenaje. También os recomendaría escucháseis el disco “Fiebre de vivir”, un disco para recordar, tal y como lo describe el propio Andrés Calamaro: “Fiebre de vivir es uno de los más bellos discos de rock en este idioma, además de ser el inevitable puente entre dos países de rock separados por el mismo idioma y un océano. Es un clásico imperturbable del rock de las dos orillas… Y discos así hay muy pocos. Moris merece un monumento, pero el bronce siempre llega tarde“.

Apaches, Miguel Sáez Carral, Editorial Planeta, ISBN: 978-84-08-12528-0

Miguel Sáez Carral (Madrid, 1968)  es Licenciado en Periodismo, inició su carrera como redactor de la agencia Efe para trabajar después en otros medios de comunicación. “Apaches” es la segunda obra de este autor que se inició en el mundo de la literatura con “El tiempo de las arañas“. También tiene una amplia trayectoria como guionista de televisión.

Para saber más: sobre la historia del barrio de TetuánWikipedia

Entrevistas a Miguel Sáez Carral: 12

Fotografía Miguel Sáez Carral: © Nines Rodríguez

Fotografías barrio Tetuán: Urban idades

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